La infancia de Kosei
Nunca pude conocer a fondo a mi abuelo, tal vez porque mi padre tampoco fue allegado a él o porque simplemente no hubo comunicación. Tengo pocos recuerdos de él, aunque muy marcados, como cuando nos enseñó cómo escribir nuestros nombres en japonés, cuando siempre compraba biscotelas para el lonche, aunque lo pasábamos hablando de nimiedades junto con mi hermano, con cierto silencio incómodo y miedo de hablar de cosas profundas. Todo lo que sabía de él, lo sabía por mis padres, pero tampoco puedo culpar su frialdad y su hermética personalidad, ya que detrás de esa mirada cansada se desprendía una historia triste.
Mi madre siempre nos recogía del colegio cuando eramos pequeños. Las distancia hasta mi casa era larga y generalmente tomábamos ese tiempo para conversar. Un buen día mi madre, en sus largas historias, nos contó la historia de mi abuelo cuando era niño. Mi abuelo nunca se llevó bien con mi madre, básicamente por ser peruana, por lo que esas historias se las contó mi abuela (que murió antes que yo naciera), a la cual mi mamá le tenía un profundo cariño.
Kosei Shimabuku, nació en Okinawa (Japón), a fines de los años 20. Sus padres viajaron al Perú en busca de un mejor futuro cuando el aún era un niño, dejándolo con su abuela en la pequeña granja de la isla nipona. En ese tiempo Japón no era lo que es ahora, sino más bien pasaba por una profunda crisis económica y los campesinos eran los más afectados. Su granja consistía en una pequeña extensión de terreno donde cultivaban arroz y pocas legumbrez, algunos pollos y un par de chanchitos. Aún siendo un niño se levantaba antes que saliera el sol para trabajar en el campo junto con su abuela y dos parientes cercanos, ahí trabajaba todo el día, tan solo para poder conseguir un plato de arroz al final del día junto con su abuela.
Al pasar de los meses, la situación solo empeoraba: los pocos pollos que tenían habían muerto de innanición y las cosechas no producían buen arroz por el precario estado del terreno. Cada vez había menos comida y más trabajo. Kosei solo buscaba trabajar duro, aunque su abuela quería que al menos llegase a ir a la escuela para que tenga un mejor futuro. Sus padres enviaban dinero de manera muy eventual (recuerden que estamos a finales de los 30) lo cual ayudaba a conseguir una buena comida de vez en cuando. "Eran como días de fiesta" decía mi madre.
Pasó el tiempo y como era de esperarse, la pobreza viene de la mano con la enfermedad: su abuela cayó enferma, por lo que ya no podía trabajar (al menos hasta recuperarse), con lo que Kosei debía esforzarse el doble para poder traer comida a su casa y a su abuela. Nadie podía quedarse a cuidarla, ni los parientes cercanos, pues en ese tiempo cada uno tenía que ver cómo sobrevivir un día más. Día que no se trabaja, día que no se come. Ya no tenían animales, todos habían muerto, tan solo quedaba un chanchito, el cual sorprendentemente se mantenía en pie.
Al tiempo la abuela retomó sus labores, pero con pocas fuerzas, ya vieniéndose a menos. Muchas veces trataban de comer menos para poder alimentar al chancho; esto puede parecer loco, pero ese animal era su llave de emergencia y esperaban en algún momento cercano poder venderlo para conseguir una buena cantidad de alimentos entre todos, pues estos animales eran comunes entre varias personas. Recordemos que a pesar que Kosei, mi abuelo, y su abuela vivían solos, estaban rodeados de alguno que otro tío que cuando podía los ayudaba, pero generalmente no podían ni con ellos mismos. Aún con todo esto sobrevivían, junto con el chanchito, con la esperanza de algo bueno.
No puedo precisar cuanto tiempo estuvo en Okinawa, pero sé que un buen día sus padres enviaron una carta enviando dinero para que Kosei viaje al Péru. Su abuela ya estaba enferma, pues no se había curado bien, por lo que Kosei no quería dejarla sola a su suerte. Así con todo su abuela no lo permitió, le dijo que tenía que viajar porque su futuro no estaba ahí en esa isla. Fue así que su abuela y sus pocos parientes se reunieron y decidieron matar al chancho para darle una buena despedida. Sí, así es, aquel chanchito que habían alimentado para poder venderlo luego, iba a ser el útlimo regalo que le daría su abuela por todo el cariño que le tenía, ya que sabía que nunca más lo volvería a ver, ni él a su abuela.
Ese día prepararon una comida "especial": un buen plato de arroz con un pequeño tazón de caldo con algunas verduras. Desgraciadamente cuando llegó la hora de sacrificar al chancho se dieron cuenta que el animal estaba enfermo, infectado desde hace tiempo con una enfermedad llamada triquina. No tuvieron más remedio que desecharlo, pues no iba a poder comerse, mucho menos venderse... el esfuerzo de tanto tiempo se fue por el desagüe en un instante. Así pues la última comida que tuvo fue tal vez el esfuerzo de todos por darle algo más de lo que siempre comía. Al día siguiente mi abuelo partió al Perú en un barco y esa fue la última vez que vio a su abuela.
Esa fue la dura infancia de mi abuelo, entre muchas otras historias que supe de su vida, pero ese es otro tema que tal vez cuente luego. El murió hace dos años, luego de una vida fuerte. Este sería un pequeño recuerdo de un hombre que tal vez no tuvo glorias, pero sí que resistió los grandes golpes de la vida día a día.
Mi madre siempre nos recogía del colegio cuando eramos pequeños. Las distancia hasta mi casa era larga y generalmente tomábamos ese tiempo para conversar. Un buen día mi madre, en sus largas historias, nos contó la historia de mi abuelo cuando era niño. Mi abuelo nunca se llevó bien con mi madre, básicamente por ser peruana, por lo que esas historias se las contó mi abuela (que murió antes que yo naciera), a la cual mi mamá le tenía un profundo cariño.
Kosei Shimabuku, nació en Okinawa (Japón), a fines de los años 20. Sus padres viajaron al Perú en busca de un mejor futuro cuando el aún era un niño, dejándolo con su abuela en la pequeña granja de la isla nipona. En ese tiempo Japón no era lo que es ahora, sino más bien pasaba por una profunda crisis económica y los campesinos eran los más afectados. Su granja consistía en una pequeña extensión de terreno donde cultivaban arroz y pocas legumbrez, algunos pollos y un par de chanchitos. Aún siendo un niño se levantaba antes que saliera el sol para trabajar en el campo junto con su abuela y dos parientes cercanos, ahí trabajaba todo el día, tan solo para poder conseguir un plato de arroz al final del día junto con su abuela.
Al pasar de los meses, la situación solo empeoraba: los pocos pollos que tenían habían muerto de innanición y las cosechas no producían buen arroz por el precario estado del terreno. Cada vez había menos comida y más trabajo. Kosei solo buscaba trabajar duro, aunque su abuela quería que al menos llegase a ir a la escuela para que tenga un mejor futuro. Sus padres enviaban dinero de manera muy eventual (recuerden que estamos a finales de los 30) lo cual ayudaba a conseguir una buena comida de vez en cuando. "Eran como días de fiesta" decía mi madre.
Pasó el tiempo y como era de esperarse, la pobreza viene de la mano con la enfermedad: su abuela cayó enferma, por lo que ya no podía trabajar (al menos hasta recuperarse), con lo que Kosei debía esforzarse el doble para poder traer comida a su casa y a su abuela. Nadie podía quedarse a cuidarla, ni los parientes cercanos, pues en ese tiempo cada uno tenía que ver cómo sobrevivir un día más. Día que no se trabaja, día que no se come. Ya no tenían animales, todos habían muerto, tan solo quedaba un chanchito, el cual sorprendentemente se mantenía en pie.
Al tiempo la abuela retomó sus labores, pero con pocas fuerzas, ya vieniéndose a menos. Muchas veces trataban de comer menos para poder alimentar al chancho; esto puede parecer loco, pero ese animal era su llave de emergencia y esperaban en algún momento cercano poder venderlo para conseguir una buena cantidad de alimentos entre todos, pues estos animales eran comunes entre varias personas. Recordemos que a pesar que Kosei, mi abuelo, y su abuela vivían solos, estaban rodeados de alguno que otro tío que cuando podía los ayudaba, pero generalmente no podían ni con ellos mismos. Aún con todo esto sobrevivían, junto con el chanchito, con la esperanza de algo bueno.
No puedo precisar cuanto tiempo estuvo en Okinawa, pero sé que un buen día sus padres enviaron una carta enviando dinero para que Kosei viaje al Péru. Su abuela ya estaba enferma, pues no se había curado bien, por lo que Kosei no quería dejarla sola a su suerte. Así con todo su abuela no lo permitió, le dijo que tenía que viajar porque su futuro no estaba ahí en esa isla. Fue así que su abuela y sus pocos parientes se reunieron y decidieron matar al chancho para darle una buena despedida. Sí, así es, aquel chanchito que habían alimentado para poder venderlo luego, iba a ser el útlimo regalo que le daría su abuela por todo el cariño que le tenía, ya que sabía que nunca más lo volvería a ver, ni él a su abuela.
Ese día prepararon una comida "especial": un buen plato de arroz con un pequeño tazón de caldo con algunas verduras. Desgraciadamente cuando llegó la hora de sacrificar al chancho se dieron cuenta que el animal estaba enfermo, infectado desde hace tiempo con una enfermedad llamada triquina. No tuvieron más remedio que desecharlo, pues no iba a poder comerse, mucho menos venderse... el esfuerzo de tanto tiempo se fue por el desagüe en un instante. Así pues la última comida que tuvo fue tal vez el esfuerzo de todos por darle algo más de lo que siempre comía. Al día siguiente mi abuelo partió al Perú en un barco y esa fue la última vez que vio a su abuela.
Esa fue la dura infancia de mi abuelo, entre muchas otras historias que supe de su vida, pero ese es otro tema que tal vez cuente luego. El murió hace dos años, luego de una vida fuerte. Este sería un pequeño recuerdo de un hombre que tal vez no tuvo glorias, pero sí que resistió los grandes golpes de la vida día a día.



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Anónimo said…
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Anónimo said…
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